Cuando el Sueve aún no tenía nombre en los mapas y solo lo llamaban la sierra, el monte era tan espeso que la luz tardaba en llegar al suelo. En aquel tiempo los tejos ya estaban allí. No jóvenes ni rectos, sino viejos desde el principio, retorcidos como si hubieran aprendido a crecer esquivando algo invisible.
La gente del valle sabía que el Sueve no se dominaba, solo se negociaba con él. Y los tejos eran su lengua.
Decían que cada tejo marcaba un punto donde la tierra había sido abierta una vez y cerrada después, y que sus raíces no buscaban agua, sino recuerdo. Por eso nadie los talaba. Ni siquiera cuando la madera hacía falta. Ni siquiera cuando el hambre apretaba.
Pasaron los años y llegaron los rumores de metal bajo la piedra. Un pastor fue el primero en hablar de una roca negra que manchaba las manos. Luego un arriero contó que el agua de una fuente sabía a hierro. Y así, poco a poco, nació la idea de abrir una mina.
La llamaron Toniellu, no por un santo, sino por un hombre pequeño y encorvado que conocía el monte como se conocen los silencios. Fue él quien señaló el lugar donde la tierra parecía menos cerrada, una hondonada bajo un espolón de roca. Justo allí donde, un poco más arriba, crecían tres tejos.
—Más allá no —dijo Toniellu—. Hasta ahí sí.
Nadie le preguntó por qué.
Comenzaron a excavar. La mina avanzó hacia dentro como un animal ciego, mordiéndole a la montaña palmo a palmo. Cada golpe de pico sonaba distinto, como si la sierra respondiera. Algunos días la roca se dejaba. Otros, se volvía dura sin razón.
Los tejos, arriba, no se movían.
Un día, un mozo nuevo propuso cortarlos. Decía que estorbaban, que sus raíces podían debilitar la galería. Subió con un hacha al amanecer. El primer golpe no dio en el tronco: el hierro se astilló contra el aire, y el mango se abrió como si llevara años podrido. El mozo bajó pálido y no volvió a entrar en la mina.
Esa misma semana, una galería secundaria se vino abajo sin aviso. No murió nadie, pero la tierra quedó sellada como una boca cerrada a la fuerza. Toniellu escupió al suelo y dijo lo justo:
—Avisó.
Desde entonces se estableció la norma que nadie escribió: la mina no crecería hacia los tejos. Ni un palmo más arriba. La riqueza se tomaría de las entrañas, no de la memoria.
Con los años, la mina dio hierro y sudor. Dio pan y entierros. Los hombres envejecían rápido allí dentro, pero la mina nunca se tragó a ninguno sin razón. Cada vez que alguien intentaba avanzar más de lo debido, algo se rompía antes de que fuera tarde: una viga, una cuerda, un presentimiento.
Los tejos seguían en pie. El más viejo, el central, tenía el tronco hueco y oscuro. Nadie se acercaba a él. Decían que por la noche el aire sonaba distinto alrededor, como si respirara.
Cuando la mina dejó de ser rentable y se cerró, nadie celebró nada. Se taparon las entradas y el monte fue reclamando lo suyo. El musgo volvió. Los caminos se borraron. Solo los tejos permanecieron iguales, vigilando una boca que ya no hablaba.
Muchos años después, cuando ya no quedaba nadie que hubiera trabajado allí, un ingeniero propuso reabrir Toniellu. Traía planos y permisos, y decía que los árboles estaban protegidos solo por costumbre. Que no había razones reales para dejarlos.
Subió solo una tarde para medirlos.
No volvió a bajar hasta la mañana siguiente. Estaba sentado al pie del tejo viejo, con los instrumentos intactos y la mirada vacía. Dijo que había entendido. No explicó qué.
El proyecto se abandonó.
Hoy, quien camina por el Sueve puede pasar cerca de la mina sin darse cuenta. No hay señales claras. Pero los tejos siguen allí, marcando el límite exacto donde la tierra decidió no volver a abrirse.
Y si alguien pregunta por qué se conservaron, los viejos aún responden lo mismo, bajando la voz:
—Porque no todo lo que se puede cortar, se debe.
—Y porque hay árboles que no crecen para dar sombra, sino para cerrar lo que nunca debió abrirse.
Y el Sueve, mientras tanto, recuerda.



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