Había un valle en la montaña leonesa donde el río Porma corría libre, trenzando su música de agua entre prados, huertos y campanas. Allí estaban Vegamián, Campillo, Ferreras, Quintanilla, Armada, Lodares y Utrero: aldeas pequeñas, pero eternas en la memoria de quienes las habitaron. Casas de piedra, humo de chimeneas en invierno, caminos de barro que unían lo humano con lo divino.
El progreso, sin embargo, bajó de la ciudad con planos y decretos. El río debía ser domado, el valle transformado en espejo. Los ingenieros trazaron líneas donde antes había vidas, y el destino se selló en la palabra “embalse”. En 1968, el agua comenzó a subir, y con ella subió también la pena.
Los vecinos marcharon con lo puesto, llevando a hombros recuerdos y arrancando del suelo los huesos de sus muertos para que no quedaran prisioneros bajo las aguas. Las campanas sonaron por última vez, como si despidieran a los pueblos igual que a un difunto. Y entonces, el valle se hundió en el silencio.
Solo Rucayo y Valdehuesa quedaron a orillas del pantano, convertidos en centinelas de lo perdido. Y cuando el estío aprieta y el agua retrocede, las piedras viejas emergen como fantasmas: muros de casas, trazos de caminos, cimientos de iglesias que vuelven a mirar el sol por unas horas, antes de ser tragados de nuevo.
Julio Llamazares, hijo de Vegamián, convirtió en palabras aquella herida, para que no se borrara del todo lo que el agua quiso callar. Porque bajo el Porma no hay solo un embalse: hay una patria sumergida, un mapa de la memoria que aún late bajo la piel del agua.
Y cada ola que roza la orilla lleva consigo un rumor: el eco de las voces que habitaron el valle, pidiendo no ser olvidadas.

Utrero: el regreso de un pueblo dormido
Durante décadas, Utrero fue un silencio.
Las aguas del embalse del Porma habían borrado sus caminos, ocultado sus fuentes, deshecho su latido. Solo quedaban los recuerdos de quienes lo habían habitado, un eco persistente que se negaba a morir.
Hoy, más de medio siglo después, ese eco se ha convertido en voz.
Los Amigos de Utrero, descendientes de aquellos que fueron obligados a marchar, han emprendido la tarea de devolverle la vida al pueblo. Al frente, Nori Sierra, su hijo Luis Miguel Testón y el incansable Goio Iturregui, junto a muchos más que comparten la misma raíz.
Con sus manos limpian los senderos, desbrozan las fuentes, abren de nuevo los accesos que llevaban años cerrados. Con la ayuda del Ayuntamiento de Boñar lograron acondicionar la pista que conduce al pueblo, y con el apoyo de la Confederación Hidrográfica del Duero comenzaron a rescatar espacios olvidados.
El momento más simbólico llegó con la romería: después de 54 años, la música, la fe y la comunidad volvieron a reunirse en Utrero. Fue mucho más que una fiesta; fue una declaración de resistencia.
Pero su meta no es solo recuperar piedras. Quieren que Utrero sea un espacio de memoria y cultura, un lugar donde se recuerde a los pueblos hundidos y donde los hijos y nietos de quienes partieron puedan sentir que sus raíces siguen vivas.
Los retos son grandes: la naturaleza se ha adueñado de lo que fue hogar, los trámites legales alargan cada paso y los recursos escasean. Pero la convicción es más fuerte.
Porque cada fuente que vuelve a manar, cada muro que ve la luz, cada romería que se celebra, es un triunfo contra el olvido.
Utrero vuelve a respirar.
Y con él, respira también la memoria de todos los pueblos que quedaron dormidos bajo el agua.




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