Decían los viejos de Sebrayo que el bosque de La Biescona no era un bosque cualquiera, sino un lugar donde el tiempo caminaba más despacio, como si los árboles guardaran algo que preferían no contar. Quien se adentraba en él en días nublados aseguraba que el aire tenía su propio pulso. Daniel lo sabía bien; había recorrido muchos rincones de Asturias, pero nunca había sentido un silencio tan denso como el de ese desfiladero.
Esa mañana el sendero se estrechaba bajo paredes húmedas de roca oscura cubiertas de helechos. Las raíces colgaban en arcos imposibles, como dedos que intentaban atrapar la luz. El suelo era un mosaico de piedras cubiertas de musgo, resbaladizas como si hubieran despertado de un sueño largo.
A cada paso escuchaba un crujido leve: quizá un árbol acomodándose en su sitio, quizá otra cosa. Cuando levantó la vista, vio que el bosque se abría sobre él en un dosel de ramas retorcidas. Parecían vigilar la garganta verde. Parecían, incluso, recordar.
No era la primera vez que buscaba la mina perdida, de la que tantos hablaban pero pocos conocían. Sin embargo, aquel día algo era distinto: el aire tenía un olor metálico, como si la montaña respirase desde dentro.
Tras avanzar entre rocas y claros velados de luz, encontró la entrada. Una oquedad negra, húmeda, que tragaba la claridad en un borde casi perfecto. No había tablones, ni señales, ni restos de antigua actividad. Solo la negrura. Y esa sensación, íntima y repentina, de que el túnel lo estaba esperando.
La luz se apagaba a los pocos pasos, y la oscuridad se volvía absoluta salvo por el reflejo tenue del frontal que llevaba. El agua corría por el suelo formando charcos inmóviles que devolvían una imagen temblorosa de las paredes. En un punto más ancho, el techo se arqueaba como si la mina quisiera recordarle que estaba viva.
Las paredes eran rugosas, marcadas por antiguos golpes de herramienta. Bajo ese techo de piedra, Daniel sintió algo extraño: no miedo, sino una especie de reconocimiento, como si otra presencia le acompañara. Un perro, que caminaba a su lado, tensó las orejas; un reflejo casi imperceptible bailó más adentro del túnel, demasiado leve para ser movimiento, demasiado real para ser ilusión.
Ambos avanzaron hasta que la galería hizo un recodo. Allí el aire era más frío, casi helado. La luz apenas alcanzaba a mostrar una segunda abertura: una boca estrecha, lateral, que parecía respirar un vapor sutil.
Daniel se detuvo. A través del eco del agua escuchó un murmullo muy antiguo, quizá solo viento atrapado en la piedra. Quizá no.
Era como si la mina recordase a quienes entraron antes que él, y le invitara a ser parte de su memoria.
Pero no avanzó más. Algo en el silencio le dijo que había llegado suficientemente lejos. No por miedo, sino por respeto. Como quien entra en una iglesia sin nombre, en un santuario olvidado.




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