DONDE EL CAMINO RECUERDA

 Se llega al Leguario casi sin darse cuenta, como se llega a las cosas importantes: caminando, respirando, dejando que los pasos decidan por uno. El viejo mojón aparece junto al camino, discreto y callado, como si llevara siglos esperando. Y en realidad los lleva. La piedra, gastada por la lluvia y el tiempo, aún guarda una inscripción tenue: A Oviedo 1 ½ leg. No dice “kilómetros”, no anuncia tiempos ni rutas marcadas. Dice leguas, la distancia de los que caminaban antes de que existieran los mapas y los relojes. Una medida de lo humano, de lo que el cuerpo puede abarcar.


Ahí, frente a él, el camino cambia. Ya no es solo el tramo que traías desde Olloniego, ni el bosque, ni la carretera que a veces asoma por debajo de los árboles. Es el peso de la historia apoyado en una piedra. Imaginar a quien se detuvo aquí antes es inevitable. Peregrinos medievales con la mirada fija en Oviedo, arrieros llevando hierro y sal, vecinos que iban a mercados o romerías… todos pasaron, todos leyeron lo mismo que tú: queda una legua y media. Queda esfuerzo, queda horizonte.


Pero también se siente otra cosa: compañía. La piedra ha visto tanto que parece mirarte y decirte que vas bien, que estás entrando en algo que no es solo paisaje, sino relato. Que los caminos no solo llevan a sitios; llevan a quienes somos cuando caminamos.


Y así sigues. Con el cuerpo un poco cansado, la mochila ajustada y la certeza tranquila de que lo antiguo aún vive. Que aún quedan señales que no necesitan pintura amarilla para guiar. Que el Camino no es solo la meta, ni siquiera las ciudades que lo coronan, sino estos encuentros breves con el tiempo detenido.


Cuando te alejas, el mojón queda atrás, volviendo a su silencio. Pero ya no es una piedra. Ahora es parte de tu trayecto. Y de algún modo, tú también quedas en él, como el rastro suave de una legua más caminada hacia adelante.


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