A la orilla de la carretera que serpentea por Les Cabañes se alza un viejo mojón pintado de azul y blanco. A primera vista parece una simple señal olvidada, pero su presencia guarda ecos de otro tiempo. En esta zona, donde las brañas y los pastos marcaron durante siglos el ritmo de la vida, estos hitos eran más que referencias viales: servían como guía a quienes transitaban entre aldeas, collados y ferias de ganado.
El color que hoy resiste entre la cal y el cemento habla de un momento en que la carretera empezaba a modernizarse, abriendo paso no solo a los carros de hierba o a las reses que bajaban a los mercados, sino también a los camiones que iban y venían con carbón y mineral, recordando la vecindad de las cuencas mineras. La piedra del mojón se convirtió en testigo silencioso de esa doble vida: la tradición ganadera, con sus caminos de trashumancia corta, y la irrupción de la minería, que transformó el paisaje y las costumbres.
Quien se detiene ante él puede sentir que no está solo mirando un bloque pintado, sino un símbolo de frontera entre mundos: el de lo rural que persiste y el de lo industrial que se fue retirando, dejando cicatrices y memorias.
En Les Cabañes, el tiempo parece detenerse. Las viejas casas, con sus ventanas que aún miran al valle, guardan ecos de risas, pasos y silencios compartidos. En las sendas cercanas, el aire trae memorias de paseos y de miradas que se funden con el paisaje.




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