La noche había caído sobre la costa de Lastres como un manto pesado y húmedo. Iván, marinero de toda la vida, ajustaba el abrigo mientras su bote luchaba contra las olas del Cantábrico. La tormenta no daba tregua: el viento silbaba entre las jarcias y el mar golpeaba la proa con un rugido que parecía querer tragárselo. A lo lejos, entre la niebla y la lluvia, apareció el resplandor familiar: el Faro de Luces, firme en su acantilado, girando su haz de luz como un ojo vigilante.
Cada giro del faro era un hilo de esperanza para Ivan. Recordaba las historias que contaban los viejos del puerto: barcos salvados, vidas rescatadas, secretos de la mar que solo los centinelas de piedra podían conocer. Mientras la tormenta arreciaba, Iván maniobraba su embarcación con esfuerzo, siguiendo la luz que cortaba la oscuridad como un cuchillo. Parecía que el faro le hablaba, diciéndole “Sigue adelante, no estás solo”.
Una ola más fuerte lo lanzó contra la borda, empapándolo por completo. El corazón le latía con fuerza, y en medio del fragor del viento y la espuma, tuvo la certeza de que el faro no era solo un edificio: era un guardián. Su haz iluminaba las crestas de las olas, señalando los peligros ocultos, la arena traicionera, los arrecifes que podían destruir la embarcación. Cada giro de luz era un susurro de seguridad, una guía silenciosa hacia la calma.
Horas después, exhausto pero agradecido, Iván vio cómo la luz del Faro de Luces lo condujo finalmente hacia la bahía de Lastres. Cuando atracó, empapado y temblando, levantó la vista hacia el centinela de piedra sobre el acantilado y sonrió. Allí estaba, firme, constante, eterno. Como siempre. Y mientras la tormenta se alejaba, Ivan supo que, mientras el Faro de Luces siguiera encendido, ningún mar bravo podría apagar la esperanza de los que se atreven a enfrentarlo.



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