En la localidad de Melendreros, poco antes de afrontar la ascensión al puerto de Fayacaba, se conserva un mojón kilométrico que marca el Km 5. Se trata de un vestigio de la antigua Red de Carreteras Comarcales del Estado, instaurada en 1960 como complemento a las redes Nacional y Local. Estos mojones, caracterizados por su fondo amarillo con inscripción en negro, señalizaban los itinerarios comarcales, que servían de enlace entre los ejes principales y las cabeceras de concejo.
Con la transferencia de competencias y la reordenación de la red viaria en los años ochenta, la denominación C-634 desapareció, quedando integrada en la actual AS-254 bajo titularidad autonómica. La nueva señalización sustituyó progresivamente a los mojones originales, por lo que ejemplos como el de Melendreros constituyen hoy un testimonio material de la clasificación viaria anterior.
En suma, este hito kilométrico no es únicamente una referencia física en la carretera: es un recordatorio tangible de cómo se estructuraba la red de comunicaciones del Estado hace más de medio siglo, y de la evolución de las infraestructuras en el territorio asturiano.
“El río que vino del cielo: la traída de aguas de Peña Mayor a Gijón”
A finales del siglo XIX, Gijón se debatía entre el bullicio de sus astilleros y la escasez de agua potable. Las calles empedradas, mojadas por la lluvia y el barro, olían a mar y carbón, y la población crecía más rápido de lo que los pozos y fuentes podían saciar la sed de la ciudad. Se hablaba de epidemias, de niños enfermos, y de mujeres que caminaban kilómetros para traer agua de manantiales lejanos.
Fue entonces cuando un ingeniero visionario, Manuel Álvarez, llegó con un proyecto que parecía imposible: traer el agua de Peña Mayor, situada a más de 1.100 metros de altura, hasta el corazón de Gijón, a más de 30 kilómetros de distancia. No era solo un plan de tubos y acueductos; era la promesa de un nuevo futuro para la ciudad.
La obra comenzó en 1890. Se levantaron acueductos que serpenteaban por los valles, se cavaron túneles a pico y pala, y se construyeron depósitos que parecían fortalezas en miniatura. Cada día, los obreros, muchos de ellos campesinos de las aldeas cercanas, desafiaban la nieve, la lluvia y los desprendimientos de roca. La dureza del trabajo y la dureza de la montaña se fundieron en historias que los vecinos contaban junto al fuego por las noches.
No faltaron obstáculos: hubo deslizamientos que sepultaron maquinaria, riadas que arrastraron los cimientos y conflictos políticos que retrasaron el presupuesto. Pero cada contratiempo reforzaba la determinación de Álvarez y de los que soñaban con que Gijón tuviera agua limpia al alcance de la mano.
En 1901, tras más de una década de esfuerzo, las primeras gotas llegaron a Gijón. El sonido del agua corriendo por los nuevos conductos se convirtió en un himno silencioso que recorría las calles. Los niños bebían en las fuentes públicas, los hospitales podían lavarse con regularidad, y la ciudad, por primera vez en su historia reciente, respiraba alivio y salud.
Con el tiempo, la traída de aguas de Peña Mayor se modernizó, se ampliaron depósitos y se reforzaron los acueductos, pero la hazaña original quedó como un testimonio del ingenio humano y la perseverancia ante la adversidad. Hoy, cuando el agua brota fresca en un grifo gijonés, aún se escucha, si uno cierra los ojos y sueña un poco, el eco lejano de los obreros que hicieron que las montañas se inclinaran ante la ciudad.



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