El mundo no terminó de golpe.
No hubo un día exacto en que todo se apagara.
Simplemente, con los años, las fábricas dejaron de rugir, las ciudades se volvieron demasiado grandes para mantenerse vivas y las carreteras empezaron a vaciarse. Primero desaparecieron los camiones, luego los autobuses, y por último los coches particulares.
Después llegaron los caminantes.
Lara y Gael eran dos de ellos.
No sabían exactamente cuándo se habían convertido en nómadas. Tal vez fue el día en que dejaron atrás la última ciudad donde habían vivido, o quizá cuando comprendieron que ya no tenía sentido volver a ningún sitio. Desde entonces caminaban. No por obligación, sino porque el mundo, poco a poco, estaba volviendo a ser caminable.
Seguían mapas viejos, algunos tan gastados que los nombres apenas se leían. Otros los encontraban en casas abandonadas o en estaciones olvidadas. Los mapas hablaban de ríos, de bosques, de pueblos que ya nadie recordaba.
Y a veces hablaban de lugares especiales.
Uno de esos lugares estaba marcado con tinta desvaída en un mapa que Lara había encontrado meses atrás.
Decía:
Nervión — gran salto de agua
I. El mojón
La carretera era larga y silenciosa.
No era una autopista antigua, sino una de esas carreteras secundarias que cruzaban campos abiertos y colinas suaves. El asfalto estaba agrietado en algunos tramos, y la hierba comenzaba a invadir los bordes.
El viento movía las nubes despacio sobre el valle.
Gael caminaba por el centro de la carretera con la mochila colgando baja sobre los hombros. Lara iba unos metros por delante, mirando hacia los lados como hacía siempre, buscando señales del pasado.
Fue ella quien vio el mojón.
Una pequeña piedra blanca, gastada por el tiempo, con un número pintado y un nombre que aún se distinguía.
—Mira —dijo.
Gael se acercó.
En la piedra podía leerse todavía:
Orduña – 33
—Treinta y tres kilómetros —murmuró él.
Lara pasó los dedos por la superficie rugosa del mojón. El musgo había empezado a trepar por un lado.
—Antes medían el mundo así —dijo ella—. Kilómetro a kilómetro.
Gael sonrió.
—Ahora lo medimos en pasos.
Se sentaron un momento al borde del camino. Frente a ellos se extendían campos verdes y, más lejos, las primeras montañas.
Lara sacó el mapa.
El papel estaba lleno de marcas hechas por caminantes como ellos. Pequeños símbolos dibujados con carbón o tinta: flechas, círculos, estrellas.
Era el lenguaje de los nómadas.
Alguien había marcado el salto del Nervión con un símbolo especial.
Una gota.
—Si aún cae agua —dijo Gael—, merece la pena verlo.
Lara dobló el mapa con cuidado.
—Entonces vamos.
II. El bosque que volvió
El camino hacia el Monte Santiago ya no era una carretera.
Primero fue una pista de grava. Después un sendero. Y finalmente el bosque.
Los árboles crecían altos y delgados, cubiertos de líquenes y musgo. Las hojas secas crujían bajo sus botas mientras avanzaban.
Había algo antiguo en aquel bosque.
No era solo la edad de los árboles. Era el silencio.
Un silencio profundo, como si la tierra hubiera estado esperando mucho tiempo para volver a respirar así.
En un punto del sendero el camino se dividía en dos.
Dos senderos estrechos que se abrían entre los troncos.
Lara se detuvo.
—¿Izquierda o derecha?
Gael miró el suelo. En una piedra cercana alguien había grabado un pequeño símbolo con un cuchillo.
Una flecha.
—Por aquí han pasado otros —dijo.
Tomaron ese camino.
Mientras caminaban, el bosque parecía cerrarse alrededor de ellos. Los troncos torcidos, el olor húmedo de la tierra, el murmullo lejano del viento.
—¿Sabes qué me gusta de este mundo? —dijo Lara de repente.
—¿Qué?
—Que está volviendo a empezar.
Gael la miró.
—¿No echas nada de menos?
Lara pensó unos segundos.
—A veces las luces de las ciudades.
Luego negó con la cabeza.
—Pero prefiero esto.
Se acercó a él y le tomó la mano.
Caminaron así un rato, entre árboles y hojas, como si el bosque los estuviera observando pasar.
III. El borde del mundo
El sonido llegó primero.
No era exactamente un río. Era algo más profundo, más grave, como un rumor constante.
El bosque se abrió de repente.
Y el mundo terminó.
Ante ellos se alzaba el borde del Salto del Nervión.
Un acantilado enorme de roca gris descendía cientos de metros hacia el fondo del valle. Las paredes del cañón estaban marcadas por capas de piedra, curvas y estriadas por siglos de agua y viento.
Abajo, muy abajo, el lecho del río parecía una cicatriz de piedras.
El agua caía desde la parte alta del acantilado, fina y brillante como un hilo de plata.
No era una cascada rugiente.
Era algo más silencioso.
Más antiguo.
Lara se acercó al borde con cuidado.
El viento subía desde el abismo y agitaba su cabello.
—Sigue cayendo —dijo.
Gael se colocó a su lado.
Durante un largo rato ninguno de los dos habló.
Miraban el paisaje enorme que se abría ante ellos: montañas lejanas, nubes lentas, el río diminuto al fondo del valle.
Un mundo que estaba aprendiendo a vivir otra vez.
—Imagínate —dijo Gael— cuánta gente vino aquí antes.
—Miles.
—Y nosotros seguimos viniendo.
Lara apoyó la cabeza en su hombro.
—Porque algunas cosas merecen durar.
Gael sacó el cuchillo de su mochila y buscó una piedra cerca del borde.
En la superficie lisa grabó un símbolo sencillo.
Dos líneas cruzadas.
El signo que los nómadas usaban para decir:
Aquí hay agua.
Aquí merece la pena venir.
Cuando terminó, Lara pasó los dedos por la marca recién hecha.
—Otros lo verán.
—Sí.
El viento soplaba fuerte sobre el acantilado. Abajo, el agua seguía cayendo sin prisa, como lo había hecho durante siglos.
Y mientras el mundo viejo desaparecía poco a poco, aquel salto seguía allí.
Cayendo hacia el valle.
Recordando a todos los que llegaban que todavía quedaban lugares donde el tiempo no había terminado.




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